La saga del jaguar

Los felinos son inmensos. Así mi nahual.

Julio C. Palencia

En El Salvador

En 1980, años de lucha popular intensa, varios chapines visitamos la Universidad de El Salvador por unos días, y de allí salimos en apoyo a una huelga de campesinos en una  finca en Suchitoto, muy cerca del Volcán Guazapa, a no más de 50 kilómetros de San Salvador.

En la finca, nuestras tareas eran básicamente de entretenimiento: teatro, música, literatura y uno que otro chiste. Otra de nuestras actividades era ayudar en la vigilancia nocturna y permitir así un descanso a los desgastados campesinos. Unas horas de vigilancia cada noche de la semana que allí permanecimos.

La finca era un terreno plano cubierto por cañaverales. Se requería caminar mucho por el sendero principal para llegar a ver otro tipo de vegetación que no fuera caña de azúcar. En un lejano extremo de la finca, hacia el norte según lo pienso, había un pequeño riachuelo que llenaba un estanque pequeño. El otro punto de toma de agua estaba hacia el sur, mucho más lejos que el primero y ya entrando a territorio menos plano. Las noches eran claras y la luna, prendida del horizonte, era inmensa en las madrugadas.

La tercera o cuarta noche de vigilancia, percibí de reojo algo más oscuro que la noche misma en una parte donde el cañaveral no estaba muy alto. Un instante después, a lo lejos pudimos distinguir la silueta de un gato enorme, negro, muchos metros alejado de nosotros. Sin embargo, el felino sabía que estábamos allí. Vimos con desconcierto como se fue aproximando a nosotros hasta quedar a cosa de metros.

No sabíamos qué hacer. Eramos cuatro hombres. Aquel animal grande quedó agazapado, como hacen los felinos antes de saltar. Los ojos, entre amarillo y verde, eran gemas ardientes en la oscuridad de la noche.

El jaguar negro perdió interés o desistió de atacar, algo que pienso nunca quiso en realidad. Inició la retirada como una sombra profunda y pasó por la parte trasera del casco de la finca, donde se escuchó a los perros ladrar con frenesí. Todos, hombres, mujeres y niños, despertaron alarmados en la creencia que el ruido aquel era provocado por el ejército que había decidido poner fin a la huelga. Pero no, era sólo un jaguar pantera que tenía sed y acaso un poco de hambre.

15 años después

Me despierto en una habitación en penumbras. Tengo en mi mano algo que no alcanzo con claridad a distinguir sino después de unos segundos. Es una corbata. La tengo tomada sin mucho cuidado, casi de la punta. Noto que en el extremo opuesto hay algo más. Entre el terror y la curiosidad veo que es una pantera enorme que habla conmigo. Me queda claro que aquella corbata sirve para nada, que el jaguar negro está allí porque así lo ha decidido, amarrado a mi símbolo fálico.

Lo único más o menos claro en mi memoria es su último diálogo, mismo que escucho paralizado de terror, sin que me agreda de ninguna manera el felino.

-Te crees muy inteligente, ¿no es así? Pero no sabes que te falta esto.

Y al decir “esto”, me señala con un gesto suyo un colmillo enorme y blanquísimo entre sus fauces.

20 años después

Estoy en el comedor de mi casa. Es ya entrada la noche y nos preparamos para cenar. Veo a mi esposa atravesar la sala con un azafate plateado entre sus manos. Lo coloca exactamente enfrente de mí y se retira. Estoy solo, soy el único comensal, algo que rara vez ocurre. Como por encantamiento todos han desaparecido. En el azafate se encuentra una enorme cabeza de jaguar negro, me parece que está horneada. Observo fijamente y con un movimiento automático, inicio mi cena. No uso tenedor y cuchillo, arranco los pedazos suaves con mis propios dedos.

Se apropia de mi una tristeza profunda.

Por alguna razón, estoy convencido que devoro mis propios sueños.

Y desde alguna perspectiva imposible, me veo llorar, inconsolable, mientras mastico la carne.

Esa tristeza me acompaña durante muchos días.

20 años y algunos meses después

En la antesala de mi casa hay alegría. Sensación de profundo gozo y confianza. Un gozo no recordado por mí. Dos jaguares adolescentes, de color amarillo con pintas negras, retozan indetenibles en la alfombra, conmigo. Nos entrelazamos, rodamos y las pequeñas mordidas y lenguetazos en mi rostro generan muy dentro de mí confianza en el futuro.

Estoy contengo de una forma que no había estado antes, nunca: hay un nuevo pacto, hay lugar, otra vez, para los sueños.

31 años después

De repente me veo tendido en el suelo, como durmiendo en algún lugar que muy bien puede ser mi casa pero no estoy seguro. Tengo el brazo derecho cruzado sobre mis ojos, para evitar la luz. Los entreabro y veo a mis pies un enorme jaguar amarillo con pintas negras. Me husmea lentamente, y noto que es un felino magnifico. Desde el instante mismo que lo veo, me quedo paralizado, lleno de asombro y terror. El jaguar se aproxima a mi cabeza, y empuja mi brazo con pequeños golpes. Me siento desprotegido, de una sola mordida puede arrancarme el brazo si así lo quiere. Intento quitar el brazo de esa posición y muy pronto caigo en cuenta del error ya que dejo mi rostro al descubierto. Su profunda respiración revienta sobre mis mejillas y un poco de su baba cae sobre mi frente.

Aunque el terror y el miedo me invaden, extrañamente me siento seguro. Estoy convencido que no atacará.

Percibo que el jaguar no está feliz, hay un reclamo sordo en cada tope que se da sobre mi cabeza.

No sé lo que quiere, no entiendo.

Nunca he entendido.

32 años después (2014)

De repente, me encuentro en medio de la noche oscura, ubicado en un entrecruce. A lo lejos, no más de 100 metros, veo las siluetas de una peregrinación.

–De gitanos, me digo.

Y mientras veo pasar pausadamente las sombras, una muy conocida se dibuja también entre los gitanos. Es una sombra más negra que la oscuridad de la noche de luna menguante. La silueta de un jaguar negro se dibuja entera entre los gitanos.

Me lleno de inquietud, y percibiendo esa desazón, el fantástico animal voltea y me ve a lo lejos.

La pantera se separa del grupo de gente que pasa alejándose y pausadamente se dirige hacia donde yo estoy.

Lleno de terror, busco donde protegerme. Me subo a un árbol enano, el único, en el entrecruce. Allí me encuentra la pantera, enorme, negrísima.

Intenta alcanzarme con sus patas sin mostrar las garras, dos, tres veces. Roza mis piernas.

Yo estoy paralizado de miedo, sé que esa altura es nada, estoy prácticamente en el suelo.

El animal, manso, se echa sin prisa al pie del árbol. Ya no sé si lo protege de algo o espera pacientemente a que mi angustia y terror pasen.