Joven amigo poeta

Estimado amigo,

En el terreno del que escribe poemas se usa de manera frecuente y a veces unos por otros, de manera intercambiable, varios conceptos. Son los siguientes:
1. poesía
2. poema
3. poeta

Muchas veces me pregunté ¿qué es la poesía? Y hasta hace muy poco tiempo no fui capaz de brindarme una respuesta satisfactoria. Sin embargo, tengo una respuesta personal, alimentada por lo que he sido y mis lecturas, pero sobre todo  por el ejercicio de eso que hacemos llamar poesía.

La poesía es directamente dependiente de nuestra capacidad de erguirnos diferentes a lo que nos rodea. La poesía es directamente dependiente de sabernos distintos al entorno.

Un rayo de luz es emitido por el Sol, y esos fotones golpean los objetos circundantes y nuestra retina, que es motivada en ese preciso momento a desatar una reacción físico-química, dirigida de la retina al cerebro (a nuestro cuerpo para ser exactos) y en algún momento inesperado se despliega el mundo y nos erigimos como un milagro en el yo, en el sujeto, en el testigo. Digamos que el mundo es nuestro teatro personal, pero aún más: somos el primer actor, la primera actriz, de nuestras vidas. La percepción poética es variable, nosotros somos el elemento que cambia.

Desde esta perspectiva, la poesía es nuestra posibilidad de sabernos distintos y de nombrar, conceptualizar lo otro, a los otros, y mucho más importante, a nosotros mismos.

La poesía no es una elección, es insustituible en el espíritu humano. De allí nuestra riqueza como especie, de allí nuestro valor intrínseco.

Los lenguajes de todo tipo son criaturas de la poesía, los forja. Y éstos, como si la mano derecha y la mano izquierda se dibujasen mutuamente, conforman y perfeccionan, crean, nuestra conciencia, nuestro pensamiento.

Los poemas son ante todo palabras y silencios, flechas de significado y símbolo.

El poeta, en su acepción común y generalizada, es el que escribe y publica poemas. Tanto a los poemas como a los poetas hay que desmitificarlos.

La poesía está al sentir, ver, tocar, percibir, entender, vislumbrar. La humanidad entera está envuelta de un halo poético. Nacemos con él. Nuestra conciencia es poética. La poesía involucra lo hermoso y lo horrible. Envuelve todo lo humano.

La poesía no es necesariamente palabras dulces y bellas, organizadas de tal o cual manera para comunicar una idea, un sentimiento. Eso se hace en los poemas, y esos son trucos y astucias literarias. Es decir, el poeta domina un oficio. Igual como domina su oficio un panadero, un chofer de autobús, un abogado.

Hemos de colocar a los poemas y a las palabras que los conforman en ese nivel humano, tocable, cotidiano. Y de allí hemos de retomarlos.

Si la poesía es una combinación de nuestro yo total y el exterior ajeno, un largo camino de aprendizaje, un crear y ser creado, el poeta somos todos, ya que somos practicantes voluntarios o involuntarios, seguidores inevitables.

El que escribe poemas ( el que llamamos poeta ) se encuentra más cercano al concepto que tenemos de brujo. Es el que lanza el conjuro, el que reordena, el que nombra, el que rasga y rompe la realidad establecida, el que señala atajos invisibles para otros. Es el fundador, siempre individual pero colectivo. Podría ser con justicia llamado Practicante de la palabra.

El poeta vive y malvive, calla y describe, nombra y renombra, adivina y conjura, maldice y bendice, se vuelca en el pasado para adentrarse en el futuro, oráculo que responde y pregunta al mismo tiempo.

Mujer y hombre, el poeta es ángel sexual y santo puto de arrabal.

El Practicante de la palabra es casi siempre el nivel de conciencia más alto de su tiempo. Si la sociedad no genera ese tipo de Practicantes, es porque es una sociedad feliz de una manera que desconocemos aún o está muerta.

Como puedes percibir en lo anteriormente escrito, la poesía es inevitable, no hay manera de quedar fuera de ella. El poeta es un Practicante de la palabra con más urgencia de nombrar que de decir, con más urgencia de entendimiento propio que de explicación colectiva, y los poemas, esos artefactos de palabras (artefactos ellas mismas) pueden, en ocasiones afortunadas, condensar en unas líneas el sentir propio, el de un pueblo, el futuro vislumbrado, asombro o grito ahogado.

Cada sociedad, cada grupo humano dentro de ella y cada individuo por añadidura, tienen algo que decir. Hay sociedades donde la urgencia de afincar en la palabra sus experiencias no resultan tan trágicas y de tan extrema necesidad como en la nuestra.

Y como la historia, de la que somos testigos privilegiados, nos demuestra, Guatemala es un país difícil. Hay un nudo social ciego, aún a pesar de los avances lentos, extremadamente difíciles y con una carga trágica altísima. Tengo la tentación de decir que el avance es nulo. Entre mis 35 años propios, los 65 de mi padre y los 85 de mi abuelo me atrevería a decir que son trágicos e inservibles, ya que el nivel de sacrificio humano no compensa de ninguna manera el misérrimo avance social y democrático. En el terreno económico seguimos siendo una vergüenza, y el bienestar se expande sólo en un grupo social muy reducido.

En cuanto a darse a conocer, te recomiendo recurrir a tu comunidad, a tu departamento, a tu región, a tu país, a tu mundo, a otros mundos, a lo posible y a lo imposible, a usar lo que tu imaginación diga y apruebe. Siendo totalidad la poesía, los poemas en nuestra época son subterráneos. Es época de la narración y de lo expandido. Aún la poesía cuántica no nace.

El ambiente literario en nuestros países, castigados por el hambre, el irrespeto a las leyes, la injusticia y el vandalismo político, es pobre y de recursos muy limitados. Lo que más limita el desarrollo cultural en este tipo de escenarios, contrario a lo que parece, son las capillitas adoradoras de tal o cual mesías iluminado del momento, y las actitudes caníbales.

Tu trabajo es bueno, tus poemas denotan una construcción apropiada básica y tienes mucho qué decir. Y en el mucho tener que decir, en el mucho que nombrar, está la semilla del Practicante de la palabra. El Practicante de la palabra tiene mucho que aprender, es su naturaleza. Escribe, escribe, escribe… Confía en lo que tienes que decir.

Una vez, hace ya muchos años, pregunté a Cardoza y Aragón qué me recomendaba leer para darme una idea de lo que otros habían hecho, y cómo lo habían hecho. Su respuesta fue una pregunta y ésta fue cuántos idiomas hablaba yo, a lo que dije que sólo español. A partir de mi respuesta, me recomendó todos los poetas del Siglo de Oro español, a los poetas de la generación del 98 y del 27, igualmente de España, a Rubén Darío y Enrique Gómez Carrillo (sin ser poeta propiamente). Añadiría en la lista algunos más: a los mexicanos José Gorostiza, Efraín Huerta, Xavier Villaurrutia, Jaime Sabines, Eduardo Lizalde, Carlos Pellicer y Octavio Paz; al uruguayo Mario Benedetti, al chileno Pablo Neruda. En Guatemala te recomiendo leer a Otto René Castillo, Luis Alfredo Arango, Roberto Obregón, Roberto Monzón, Manuel José Arce, Miguel Ángel Asturias y a Isabel de los Ángeles Ruano. Te recomiendo adicionalmente la lectura de Humberto Aka’bal y Gerardo Guinea Diez, poetas guatemaltecos contemporáneos. Mi predilección, por decirlo de alguna manera, tanto en ensayo como en poesía se inclina por Luis Cardoza y Aragón, no sólo a nivel guatemalteco sino latinoamericano.

Esa es mi flor de piel, la memoria inmediata y la más confiable en este tipo de cosas, y por supuesto, incompleta y parcial.

La lectura abundante y guiada de manera básica es importante, ya que serán como el muestreo gozoso de tus construcciones por venir en un futuro no lejano. Mi única advertencia es que ninguna descripción substituye al hecho, a la realidad. La escritura no rivaliza con la vida, pero si lo hiciera, le diría sin pensarlo adiós a la escritura.

Tu poema, por cierto, ha sido publicado en el sitio www.poesiaguatemalteca.com. Te invito a que sigas publicando tus poemas y como lector igualmente, ya que la colección aquí reunida es altamente representativa de lo que ha sido y es la poesía de nuestro país.

Un saludo cordial, una bienvenida.

Julio C. Palencia