Vanidad y bibliotecas o como se evapora la palabra

Julio C. Palencia

El sino de nuestras sociedades actuales es el cambio acelerado. El libro, casi inalterado por siglos, modifica también su vehículo, su forma de ser, para seguir en lo esencial siendo el mismo.  Durante más de 500 años, desde Gutemberg, ha variado muy poco. Sin embargo, siendo su ser de letras y palabras, hoy el libro se evapora, desaparece ante nosotros y se vuelve menos cosa y deviene símbolo. La palabra regresa a su origen, da una vuelta más de tuerca. Símbolo la letra, símbolo la palabra y ahora símbolo el libro.

Los libros nos dicen del conocimiento, imaginación y aspiraciones de los hombres y mujeres de una época.  Toda época es con mucho el acento, el encanto, el dialogo y la efectividad de su palabra escrita. Francia es aún Los Miserables; Inglaterra sueña aún entre sus letras la máquina de vapor; Guatemala sufre todavía El Señor Presidente y México aún ve acercarse la bola en Los de abajo.

El libro es una extensión humana, una especie de memoria adicional externa a la que recurrimos cada vez que queremos y tenemos ocasión. Huckleberry Finn y el negro Jim nos hablan desde el Misisipi la enredadera de sus palabras. Y para sorpresa nuestra, siendo lo escrito invariable, las palabras son siempre nuevas al leerse.

Arcilla, madera, tela, papiro, muros, puertas de baño, papel, han sido medios para la escritura. Han sido su vehículo: el papiro contiene su amado sueño de palabras.

¿Qué cambia adicionalmente con esta metamorfosis del libro? Una de las características fundamentales del libro objeto es que puede ser coleccionado, concentrado en espacios públicos o privados. Es famosa la confiscación y copia obligada de todo libro que llegara a territorio de Alejandría. Las bibliotecas públicas son espacios enormes con el objetivo de concentrar el conocimiento humano y, lo realmente importante, compartirlo.

Están también las bibliotecas privadas. Séneca, en sus Tratados Morales, ya señalaba la inutilidad de cierto tipo de bibliotecas privadas,  las raramente frecuentadas por sus dueños, quienes no conocen siquiera los títulos de sus libros. Coleccionar libros no se hace diferente de coleccionar pinturas, vasijas u otras cosas. Séneca señala lo que ha sido una constante en el comportamiento humano: “Hallarás en poder de personas ignorantísimas todo lo que está escrito de oraciones y de historias, teniendo los estantes llenos de libros hasta los techos; porque ya aun en los baños se hacen librerías, como alhaja forzosa para las casas. Perdonáralo yo, si esto naciera de deseos de los estudios; pero ahora estas exquisitas obras de sagrados ingenios…  se buscan para adorno y gala de las paredes.”

Un ejemplo de esta costumbre de coleccionar libros lo da Petronio en El Satiricón “Yo, aunque no actúo en tribunales, he aprendido literatura para uso doméstico. Y para que no pienses que me fastidian los estudios, aquí tengo tres bibliotecas, una griega y otra latina…”

Es muy del siglo XX la foto del intelectual o político rodeado de libros. Le da un aura que lo identifica y a la que aspira. Es alimentar el mito muy difundido que quien libros tiene, es inteligente.

¿El libro cambia para desaparecer? Cambia el vehículo que lo transmite, no se hace coleccionable al estilo del papiro, rollo o papel, no da esa socorrida y equívoca aura de inteligencia, pero la palabra permanece, sigue, en esencia, siendo el mismo libro. La respuesta es: sí cambia y lo hace dramáticamente. Puedes tener decenas de miles de libros en una sola memoria USB y tener un acceso insospechadamente fácil a su contenido. Si tienes problema leve de visión, bastará con hacer más grande la letra. También puedes tener a la mano un diccionario muy completo y de fácil consulta.

La adquisición de conocimiento sigue aún (con ligeras variantes) siendo el mismo proceso que ha dado tan buenos resultados para la humanidad hasta el momento, pero que resulta ya, incluso ahora, obsoleta y lenta, por las enormes cantidades de conocimiento generado. Para conocer algo desde los libros, la primera fase obliga a leer y estudiarlo. Meditar sobre lo leído, comparar, sacar conclusiones, comunicarlo, es la segunda fase. Cambia el libro, pero permanece. No estamos aún en el consumo de conocimiento estilo Matrix, en donde unos segundos bastan para recorrer la primera fase, por ejemplo, conocer un nuevo idioma, no digamos leer una novela. Pero nos vamos acercando.