El mar, demasiado infinito para mis ojos.

Pocos días fueron suficientes para darnos cuenta de una verdad evidente: en la panadería, además de pan había mucho trabajo. Septiembre y aún octubre pueden ser extremadamente lluviosos en Puerto Barrios. Y en el año 1,969 lo fueron. Conforme transcurría el tiempo, fui aventurándome a salir a la puerta, a atender a uno que otro cliente en la venta de pan. Mi madre muy pronto se incorporó al trajín, a todo el trabajo que una panadería involucra: llevar el control de los entregas en la penitenciaría, del hospital infantil y del hospital general, y multitud de entregas menores en tiendas y el despacho de pan en el mercado de la Revolución.

Sin duda mi abuelo tenía razón, allí había un espacio para nosotros, pero ese espacio había que ganárselo con trabajo y esfuerzo, con gran dedicación. Desde el principio mi madre no le hizo mala cara al trabajo, acostumbrada como estaba a ganarse la vida con trabajo pesado.

La panadería, con sus panaderos y repartidores, también era frecuentada por lo que fue un dolor de cabeza para mi madre: Las Garzas.

¿Quiénes eran Las Garzas? 3 hijas y su madre, la mayor de unos 24 años y la pequeña de unos 14, puedo decir ahora que bonitas, y la mediana, menos agraciada, sufría de labio leporino y era mucho más delgada; sus palabras eran difíciles de entender. Ellas llegaban, y atendían la venta por algunas horas. Podría casi decirse, por los comentarios y murmuraciones, que quien las enviaba era la madre, para ganarse el favor de aquellos dos hombres solitarios.

Los celos bien fundados de mi madre fueron motivo de muchas discusiones y no pocos gritos. Los primeros días y aún meses después le resultó muy difícil lograr que no llegaran. Mi abuelo y mi padre se sentían a gusto con ellas, era evidente.

Las Garzas fueron el primer escollo difícil para mi madre en Puerto Barrios.

Mientras tanto, yo me ocupaba de conocer a mis nuevos vecinos, muchos de los cuales la hacían de ayudantes improvisados con las múltiples tareas en la panadería. Algunos me brindaron su amistad a la primera, en otros casos tuve que ganármela a pulso. De los amigos que recuerdo en esos primeros días en Puerto Barrios están Margarito Vargas Palacios, mi muy querido Ito, su diminutivo, Pintos, Cumbia y mi primo Maco.

No más de 7 días después de llegar a Puerto Barrios, me invitaron a conocer el mar. Para mi el mar seguía estando lejos. En realidad, el mar se encontraba a menos de 100 metros, atrás de la panadería. Sin embargo, en esta ocasión me llevaron por la calle El Rastro hasta la esquina de la tienda La Morenita, propiedad de los padres de Maco, es decir, mis tíos. Al ir caminando y al superar una pequeña elevación de tierra que no me permitía ver el horizonte, experimenté una de las visiones más portentosas que he tenido. A los 9 años conocí el mar, en la Bahía de Amatique. Ese encuentro con la inmensidad, mi primera noción real de infinito, fue una experiencia religiosa. Según mis amigos, yo, con el semblante ido, fuera de mí y con la boca abierta caminé hacia atrás, de la pura impresión. Algunos años después ese momento era parte de sus bromas.

A mí el mar me sedujo, liberó mi mente de pequeñeces y me aprisionó de por vida en sus aguas salinas.

Un evento separado por mucho tiempo trajo a mi memoria esta impresión. Después de muchos años de exilio en México, con residencia en el Distrito Federal, tuvimos oportunidad de visitar Tlaxcala y Veracruz. Para mala fortuna nuestra era temporada de huracanes, y Gilberto con su tormenta recién había amainado. Nosotros, emocionados, decidimos continuar. Eran casi las 5 de la tarde cuando caminábamos la larga y angosta calle asfaltada que lleva hacia la playa en Nautla, Veracruz. El lugar, como era de suponer estaba vacío, y el viento aún tenía resaca del huracán, por lo que era intenso, y podía verse en las palmeras que eran sacudidas aún con violencia.

Mi hijo pequeño, Rafael, entonces de 3 años, se nos adelantó, corriendo, unos diez metros, y al pasar de la prominencia de tierra que impedía ver el mar, corrió angustiado de una a otra orilla del camino, enloquecido, con una impresión que parecía venida de muy lejos: tantísima agua del Golfo de México, el viento silbando en los oídos y aquellas olas enormes fueron demasiado como para que su primera impresión de eternidad le golpeara invariablemente el espíritu.

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Un saludo cordial a tod@s.

Julio C. Palencia