El camino es nuestros pasos

Salí de Guatemala en enero 21 de 1982. El mismo día que, ya en el autobús, leí en el  periódico sobre la muerte de Edgar Palma Lau, junto con otros combatientes, en una casa de Tikal II. Muy temprano, mi suegro, Raúl Pedroza Montenegro, nos había encaminado a Paty y a mí hasta la terminal de autobuses, en donde ya para despedirme le dije: en dos años estaremos de regreso. Don Raúl falleció hace muchos años y yo cumpliré 29 de estar fuera de Guatemala. El futuro se nos plantea siempre como una incógnita.

Yo había llegado a la casa de Don Raúl a instancias de mi padre. Un intento de secuestro en el anillo periférico me impedía quedarme en casa o en una de algún conocido muy cercano. Andaba de un lugar a otro, como quien dice, arriesgando el pellejo. Para medianos del 81, mi padre y yo ya habíamos tomado la decisión de que tendría que abandonar el país. Y los últimos seis meses los viví para que así fuera. Hubo sí, puntos que no se consideraron y que cambiarían todo el escenario imaginado. En casa de Don Raúl, en la cual habría de hospedarme un mes, estuve en realidad los seis meses previos a mi salida, y para mi fortuna, enamorado de su hija y bien correspondido.

Nada simple fue decirle a mi padre y a Don Raúl nuestra decisión de salir juntos, ella y yo. Mi padre, él ya en la Ciudad de México, al decirle por teléfono, refunfuñó y pidió que lo pensara muy bien, que eso complicaba de forma innecesaria todo. Sin embargo, cuando yo abrí la boca fue porque no había fuerza terrenal que me hiciera cambiar de opinión.

Al comentarle a Don Raúl sobre nuestra idea, vio fijo a Paty, su hija, y le dijo que el apellido de ellos no era Castillo, Gutiérrez, o algún otro apellido adinerado de Guatemala, y que si esa era su decisión él la respetaría. A partir de aquellas palabras suyas, su apoyo fue completo.

Los años 80, 81 y 82 fueron de mucha angustia, persecución y muerte debido a la represión desatada por los paramilitares, policía y ejército guatemaltecos contra el movimiento popular e insurgente. No creo que haya militar de esa época que no tenga las manos manchadas de sangre de compatriotas.

Esos años fueron muy difíciles económicamente para todos nosotros. Mi padre tendría cerca de dos años ya en México, y mi hermano, hermanas y mi madre hacían chocolate para vender y con eso ayudarse a sobrevivir. Yo soy el hermano mayor y en el 82 tenía apenas cumplidos mis 20 años. Todos los demás eran como una marimba de hermanos.

A los 20 años ya era viejo. Y tenía en el espíritu un mandato urgente de tener hijos. Se lo atribuyo al hecho de sentir la muerte tan de cerca, como una amenaza y una realidad cotidiana. En realidad, uno a los 20 años aún no deja de ser un niño, el niño no deja de estar allí, en las más cercana vecindad del adolescente.

Durante esos años tuvo mi familia un ángel guardián, el hermano de mi padre. Manuel Cayetano Palencia Abadía es su nombre, mi querido tío Manolo, ex-cadete militar y participante activo en la memorable rebelión de cadetes del 2 de agosto de 1954, un intento de los jóvenes cadetes militares de limpiar el nombre de esa mancillada institución. Unos días antes de partir, fui a visitar al tío Manolo para pedirle ayuda económica y así salir del país. Me regaló 300 dólares, que para mi condición de entonces era mucho dinero y fue con esa cantidad que partimos Paty y yo.

Con el pasaporte vigente, llegó la fecha acordada con mi padre. Después de 6 horas de viaje, llegamos a Tecún Umán, ciudad fronteriza con México. Era tan escasa la comunicación posible con mi padre, y tan inexpertos en eso de viajar y otras cosas, que llegamos al paso fronterizo con el pasaporte nada más, sin visa para internarnos en México. No logramos pasar ni siquiera del propio lado guatemalteco, allí nos quedamos en la revisión. Una persona nos indicó que requeríamos visa para entrar a México, y que podíamos ir al consulado mexicano en el mismo pueblo. Para nuestra fortuna, no era tarde. Era medio día. Tomamos un taxi que nos llevó al consulado. Allí nos indicaron que debíamos esperar, lo que fue por poco tiempo. El cónsul, hombre de cabello muy canoso y de aspecto elegante, no sin cierto aliento paternal, nos entrevistó separadamente, y luego ya juntos nos indicó que con esos 300 dólares realmente no llegaríamos muy lejos, pero que nos daría visa de 10 días para llegar hasta donde pudiéramos. Aunque no le dije expresamente, él intuyó que era indispensable para mi abandonar el país para salvaguardar mi vida.

Con la visa de 10 días, pasamos a la frontera mexicana, en Ciudad Hidalgo. Allí en migración, en la revisión, fue un poco más tardado y difícil. El aluvión de preguntas del agente de migración de hacía donde nos dirigíamos, que por qué con tan poco dinero, que si esto o aquello, que si éramos parte de los que “incendiaban” Centro América, duró casi una hora. Las preguntas se daban mientras revisaba nuestra ropa minuciosamente. Me da la impresión ahora que creyó queríamos pasar a los Estados Unidos. Nada más alejado de nuestra voluntad. Siempre vi a México como nuestro lugar de resguardo. Tan pronto salimos de migración, a una cuadra de allí, estaba en la pequeña estación de autobuses mi padre, sentado, ya esperando. Eran casi las 4 de la tarde. Mi padre tenía una hora de haber llegado de la Ciudad de México, y puntual llegó a la hora convenida. Lo vi viejo y muy cansado, seguramente debido al largo viaje. Sin embargo, hoy lo pienso y él no tendría para entonces más de 52 años.

Ya con mi padre, nos dirigimos a Tapachula. Comimos en la casa de la China y su esposo, amigos de él. Esa misma tarde, a las 6, abordamos el tren que nos llevaría a la Ciudad de México. Nuestro bastimento era una carga de huevos duros que nos había preparado la pareja amiga. La condición del tren era decente, cómodo, limpio. En el trascurso del viaje por la noche, casi ya al amanecer, apareció un agente de migración pidiendo identificación a los pasajeros. Al llegar con nosotros, mi padre le mostró una carta con el sello de la Secretaría de Gobernación de México, y el hombre se fue tranquilo, haciendo un gesto de aprobación y sin importunar. Esa fue la única revisión en todo el viaje, cuya primera parte duró toda la noche y todo el día siguiente.  En Veracruz, ya adentrada la segunda noche en una estación muy pequeña, se veía pobre, hubo transbordo de tren. El cambio no nos favoreció para nada. Era un tren muy lleno de gente, con toda clase de bultos y animales, y muy incómodo. Quedamos cerca, enfrente, de uno de los baños, y con los pies recogidos. Toda la madrugada duró el viaje y alrededor de las siete pasamos por Apizaco, en Tlaxcala. Recuerdo un terreno muy plano, casi llanura, en donde de repente y sin percibirla por la ventana entró una piedra y le sacudió el rostro a un anciano, quien se fue las horas restantes del viaje sangrando y sin auxilio alguno.

El apretujamiento urbano se fue haciendo cada vez más intenso ya en el Estado de México. En un cruce de calle, donde el tren descendió la velocidad y paró, bajamos. El lugar era Ecatepec, casi en la vecindad de las Ruinas de Tenochtitlán. El asunto era que en Ecatepec se encontraba ubicada la que fue nuestra primera casa en México.

De manera particular puedo decir que México fue una bendición en mi vida. Nada fue fácil (no lo era para nadie), pero aquí salvaguardé la vida, y por primera vez trabajé (de ayudante de albañil). México no sólo salvó mi vida allí, lo hizo en una segunda ocasión ya después, pasados muchos años.

Hasta aquí con esta narración. Un abrazo cordial a tod@s,

Julio C. Palencia