Cuando mueran los pájaros

Cuando mueran los pájaros

Julio C. Palencia

En el año 1999 conseguí empleo en la reparación de cubiertas de trenes de carga que llegan a Vancouver. Las cubiertas, que cubren un vagón completo, son de una sola pieza y una grúa se encarga de colocarlas y quitarlas. Esas cubiertas son de fibra de vidrio y tienden con el uso y el trato rudo a quebrarse. El equipo completo estaba conformado por un gerente, anglosajón, y la fuerza directa de trabajo conformada por latinos (un chileno, un mexicano y un guatemalteco), un negro del lado este canadiense y dos nativos de la isla de Vancouver.

El trabajo era simple y extenuante. Con un traje delgadísimo de color blanco que me cubría por completo y una máscara de filtro simple, procedía a lijar con un grinder aquellos lomos enormes en las partes donde habían quebraduras y partes gastadas. Luego, se suponía que esos kilos y kilos de polvo de fibra de vidrio debían ser recogidos con aspiradoras especialmente diseñadas para tal efecto y embolsarlos. No era así.

Utilizábamos una compresora para echar a volar aquel polvo blanco y mortal a la orilla del mar entre los matorrales, sin que la empresa le diera importancia al hecho que los terrenos circunvecinos estuvieran ocupados. El lugar correspondía a una reservación de la primera nación canadiense Coast Salish. Los 3 meses que yo pasé en ese trabajo se esparció polvo de vidrio sin ningún miramiento al medio ambiente. La empresa, como una lacerante ironía se llamaba y se llama aún Ecofab, hacía alarde de sus supuestas fabricaciones ecológicas.

No pude seguir trabajando allí. De un día para otro comencé a tener problemas para respirar en plena primavera, cuando el frío deja de calar hondo y la vida inunda el lugar. Era como tener una espada oxidada atravesando mi esternón. Un silbido metálico comenzó a generarse y duró meses en mi pecho.

Me hicieron exámenes, visité médicos, y ninguno de ellos dijo que las resinas y la fibra de vidrio eran los responsables, pero me pidieron no trabajar más en ese lugar o uno semejante.

En diciembre de ese mismo año padecí una enfermedad respiratoria intensa y rara, que me dejó un mes sin poder trabajar y con debilidad extrema. Tenía el presentimiento que se debía al daño ocasionado por la fibra de vidrio y la resina, ambos extremadamente agresivos para la salud humana.

Fue en el año 2000, con el nuevo milenio, que migré nuevamente hacia la Ciudad de México. Llegado el primer invierno, padecí de manera severa asma durante 3 ó 4 meses. El frío y la contaminación del ambiente hacían sus estragos. Pero el mayor peligro era la carga de partículas suspendidas en el aire, las que por la noche, con el frío, descendían hasta mi cama y me hacían extremadamente pesado respirar. Era como un pez fuera del agua, ahogándome en el aire contaminado de la ciudad.

“¿Vas a esa ciudad tan contaminada y tú con problema de respiración? Estás mal, estás loco”, me dijeron algunos. De una ciudad pretendidamente limpia, donde me enfermé, a una ciudad en extremo contaminada, con la esperanza de sobrevivir. Ese rompecabezas no tenía ni pies ni cabeza. Pero así se presentaban los días, y así los tomé.

Durante 3 ó 4 meses al año, en invierno, me colocaba una mascarilla para nebulizar salbutamol y suero fisiológico por las noches para así lograr respirar medianamente. Un mal día me obligaba a duplicar las dosis, por la mañana y por la noche. El resto del año debía tener las precauciones necesarias, pero en general la pasaba bien. Pasados cinco años a este ritmo, caí en la cuenta que el salbutamol era sólo un paliativo inevitable que hacía empeorar mi condición física y mi salud. Viví esos años con el diagnóstico de una EPOC, enfermedad obstructiva crónica.

Para evitar el salbutamol y cualquier infección respiratoria durante el invierno, migré por recomendación médica durante 4 meses al año a Cuernavaca. Allí hacía mi vida, allí trabajaba, visitando sólo ocasionalmente la Ciudad de México. Esa fue una decisión acertada. Mi consumo de medicamentos se redujo de manera drástica, mis pulmones y bronquios estaban menos inflamados y mi cuerpo en general sufría mucho menos. Los otros meses del año los podía vivir sin contratiempos ni problemas de salud en la Ciudad de México, el ambiente era en general limpio con los niveles de contaminación controlados a la baja. Así duré algunos años.

Desde hace 6 años no voy más en invierno a Cuernavaca. Y desde hace 3 años no consumo ningún tipo de medicina alópata. He logrado sobrevivir con más gozo que pena los inviernos en la Ciudad de México y mi sistema respiratorio y cardiovascular no se salen de madre ni están sobreexcitados. ¿Qué hice? Dejé de consumir todo tipo de lácteo, todo tipo de endulzantes (sólo miel y eso de vez en cuando) y ningún tipo de harina. Básicamente es un estilo de vida con vegetales y hojas, frutas, semillas y carnes lo más limpias posible. Eso ha desinflamado mi cuerpo de manera sorprendente. He complementado este proceso de alimentación con homeopatía y acupuntura (una vez al mes visito a mi gurú –así llamo a mi médico) y la práctica constante de yoga.

Durante los 15 años anteriores, del 2000 al 2015, los problemas más graves de contaminación se daban siempre en invierno en la Ciudad de México. Ahora, debido a los cambios en las políticas públicas ambientales, tenemos una Fase 1 de Contingencia Ambiental en primavera. El ambiente luce gris, una ciudad triste, sitiada por los contaminantes y el calor. Nada se mueve, hasta el viento se fugó de este escenario. Juan Rulfo diría que es Luvina. Y eso no es lo peor. El efecto inmediato y directo que este tipo de ambientes sucios tiene en las personas que padecen asma, que es un número siempre creciente, las personas alérgicas a algún tipo de contaminante, las personas que padecen alguna enfermedad pulmonar obstructiva crónica, bronquitis crónica, por ejemplo, y las personas con padecimientos cardiovasculares. Y eso sólo por mencionar algunos de ellos. A largo plazo el costo es inevitablemente alto: el cáncer, las enfermedades autoinmunes y genéticas parecen sentirse muy a gusto entre nosotros, asientan sus lares y afirman sus dominios.

La Ciudad de México es sólo un punto culminante de toda esta carrera sin sentido de las empresas y los gobiernos por acabar con los recursos naturales y el sistema de reproducción de vida que ha funcionado durante millones de años en nuestro planeta. Sí, todos somos responsables en alguna medida de esta crisis ambiental. Pero la responsabilidad de la gente de a pie es diminuta comparada con la irresponsabilidad de las grandes transnacionales contaminantes y los gobiernos encargados de implementar mejores políticas de control ambiental.

Cuando el canario deja de cantar, hay que evacuar la mina. ¿Hacia dónde huiremos nosotros?

“¿Vas a esa ciudad tan contaminada y tú con problema de respiración? Estás mal, estás loco”, me dijeron algunos. De una ciudad pretendidamente limpia, donde me enfermé, a una ciudad en extremo contaminada, con la esperanza de sobrevivir.