Barrio El Rastro

Llegamos a Puerto Barrios en el año 1969, en el mes de Septiembre, o quizás Octubre. Eran alrededor de las 4 de la tarde, tarde fresca de cielo plomizo y el día gris. Llovía a torrentes. En ningún lugar he visto llover tanto y en tan poco tiempo como en Puerto Barrios. Llegamos a bordo de una Litegua, autobús de pasajeros que cubre la ruta de la Ciudad de Guatemala a Puerto Barrios, a lo que era su terminal. Además de terminal, el edificio albergaba lo que fue el mejor cine del lugar por muchos años: El Mondale.

Permanecimos unos minutos en la terminal, pequeña, un lugar más para equipaje y bultos que para personas. Sin embargo, la banqueta era amplia, y allí nos guarecimos de la lluvia. Éramos 5: mis hermanas Rosita y Paty, mi hermano Meme, yo, y mi madre.

Al aminorar la lluvia, mi madre se acercó a un vehículo grande, con una pintura amarilla con planta de taxi.

– Sabe cómo llegar a la Panificadora San José?
Preguntó mi madre al chofer, respondiendo éste calladamente que sí con la cabeza.

– Cuánto cobraría por llevarnos?
Preguntó de nuevo mi madre.

– Un quetzal, dijo el taxista.

Mi madre me hizo una señal, y todos nos apresuramos a subir al carro, que aunque en buenas condiciones, era un taxi típico de pueblo, carro viejo.

Del cine Mondale hacia la izquierda, el taxista tomó la calle asfaltada, recto. Por la ventanilla nos acompañaban las palmeras, muchas palmeras, como no había visto antes, y mucha lluvia, persistente, imparable. Dos cuadras más sobre la calle asfaltada dobló hacia su derecha. Y allí nos fuimos recto otra vez, dos cuadras con asfalto para llegar a una continuación de barro, que con la lluvia imparable se había convertido en un verdadero pantano resbaladizo y lleno de charcos. El taxi avanzó no sin dificultad por tres cuadras más y doblando hacia su izquierda, se estacionó junto a otros vehículos.

– Aquí es la Panificadora San José – dijo.

Era una casa de madera, dos niveles, color verde oscuro. En el centro superior, dominando toda la pared se leía el anuncio: Panificadora San José, en letras blancas y en cursiva. Toda su base estaba rodeada de un muro de concreto que no pasaba de un metro de alto.

Apresurados, entramos. No sin que antes mi madre nos ordenara por estatura: Meme, de casi dos años, Paty de 3, Rosita de 5, y yo de 8 casi 9. Muchos pares de ojos encontramos en el camino, todos los panaderos que laboraban en el turno vespertino.  Alrededor de 20. Llegamos a una reducida oficina, que hacia las veces de centro administrativo, y al primero que yo vi fue a mi abuelo Rafael, alto, con el cabello completamente cano y sus lentes gruesos, de culo de botella.

Nuestra aparición fue de manera sorpresiva, y no sabría decir si detrás de la algarabía de mi abuelo con nosotros había preocupación.

Mi padre fue el último en enterarse de que habíamos llegado.

Un delicioso y permanente olor a pan penetraba suavemente el ambiente. Juntos, el olor salino y el aroma del pan, se convertirían en los olores más codiciados y entrañables para mi, aún hoy. Ambos, en su intensidad, eran una nueva dimensión que me seducían el espíritu.

Mi madre y mi padre platicaron a solas por un rato, y a mi me pareció un largo largo tiempo. No más de una hora después, salió mi madre y tomándome del brazo con voz violentada le dijo a mi padre:

– Yo me llevo al más grande.

Nos dirigimos de prisa hacia el portón por donde habíamos entrado. En el umbral de ese portón, a punto de dar un paso hacia afuera, en donde para mi sorpresa el taxi todavía esperaba, nos alcanzó mi abuelo con paso presuroso y dijo:

– María Luisa, quédese, aquí hay un futuro para sus hijos. Quédese, yo hablaré con Charles.
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Amigos, nos quedamos aquí por el momento. Continuaré con esta narración de las circunstancias específicas de lo que viví, y como lo viví.

Un abrazo cordial,

Julio C. Palencia